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sábado, 23 de enero de 2010

CAPULLO DE NUESTRO SER




La rosa sonríe desde su ser,
mostrando su vigor natural.
Una espina esconde una sonrisa,
acariciando la mano extendida.

La rosa está sedienta de amor,
irradiando su púrpura de luz
vuela misteriosa de ilusiones,
camino encantado de imágenes.

La rosa vibra de alegría escarlata,
al paso del viento encantado,
desplegando un amor diáfano sonoro
en la búsqueda de la tea existencial.

La rosa irradia su luz amorosa
en el profundo lecho de la naturaleza,
el hombre es el tallo pensante
que levanta sus brazos al firmamento.

La rosa destella su imagen protectora
al danzar con el aroma del amor,
una ensoñación, una caricia, una mirada
penetra hasta el capullo de nuestro ser.

Por Luis I. Rodríguez


lunes, 11 de enero de 2010

EL VIEJO ARMARIO




Fue una noche de verano. La luna clareaba en el firmamento. Estaba soñando. En realidad, no lo sé.

Alguien golpeó a la puerta; los perros -amigos fieles y sinceros - ladraron. Estaban calmados, como si conocieran al visitante. Lo acompañaron y jugaron un instante.

Abrí la puerta. ¡Oh sorpresa! Un saludo cariñoso recibí del carpintero de la comarca. Él había escuchado un comentario que en casa se solicitaba a alguien para reparar un viejo armario.

El viejo armario de cedro perteneció a dos generaciones y necesitaba una reparación, probablemente un cambio de entre paños, una limpieza o lijada de los cajones. Los inquietos bisabuelos y abuelos habrían guardado en él sus escritos, sus misterios, sus encantos. ¡Qué sé yo!

El carpintero comenzó a reparar el armario. La delicadeza con la que trataba la madera me asombró. Cada pieza era una hoja misteriosa que guardaba recuerdos. La pieza traía su sustancia, una pregunta, una ensoñación.

La remodelación exigió mucha concentración y seguridad. Con ello, él no quiso perder la línea. El trato fue especial. El amor a su trabajo me inquietó. Sin embargo, no quise interrumpir su labor.

El viejo armario le dio ciertos problemas. Las piezas parecían no encajar ahora. Con serenidad, José calculó el puesto de las partes. Lo armó mentalmente. Se dijo a sí mismo, está hecho. Se sentó en silencio. Descansó.

Una ligera brisa entró por la ventana. Los perros ladraron como si alguien hubiese llamado a la puerta.

José recogía sus utensilios. El armario yacía intacto en su nicho. De repente, una hoja se abrió y un cajón salía lentamente.

Un frío recorrió el ambiente. Mis piernas temblaban y de mi garganta no brotó ni un lamento, ni un grito.

El cajón regresó a su puesto y la hoja se cerró bruscamente.

Escuché a alguien salir de la casa. Me moví estrepitosamente, pero no podía seguir sus pasos.

Pedí auxilio a José. Pronto, él estaba a mi lado. Parecía sonreír. Tocaba con sus manos el armario. Lo acariciaba con ternura como si fuese una joya encantada. Sentí curiosidad y traté de preguntar acerca de lo visto.

"Oh, ese viejo armario me pertenecía", contestó José.

Quedé anonadado. No pude pronunciar palabra. Mi angustia siguió hasta la madrugada. Escuché el aullido de un perro.

José salió por la puerta. No le vi abrir la puerta. Todo estaba en silencio.

Desperté asustado y tembloroso. Un sudor frío y penetrante corría por mi cuerpo. Comenzó a amanecer...

Por Luis I. Rodríguez

sábado, 26 de diciembre de 2009

COPOS DE NIEVE




¡Los copos de nieve caen diminutos
ensueños en vuelo angelical!

En el cristal del ventanal observo
y admiro una ciudad blanca.

Las calles blancas transforman
el espíritu en figuras geométricas.

Los árboles
extienden sus brazos
de acero pardo blanco.

Las hojas penetradas con copos de nieve
guardan la sustancia de la ensoñación.

Las estáticas aceras reciben el encanto
de la pureza en fardos silenciosos.

Los copos silenciosos juegan con el viento
creando espectros en proyección.

El camino con símiles de estatuas penetra
el ingenio natural y el plástico humano.

El poeta camina los archipiélagos de cemento
y las mazmorras en el suelo matinal.

Los pensamientos fluyen con la alegría
de sentir tu presencia cerca de mí.

Por Luis I. Rodríguez


domingo, 6 de septiembre de 2009

¡NATURALEZA Y SILENCIO!



¡Naturaleza y vida!
¡Naturaleza y silencio!
La armonía está dentro,
la alegría se comparte,
la brisa sacude el polvo
de una hoja vagabunda.
El viento mueve la hojarasca,
su melodía recuerda una canción
de cuna al amanecer.
El sol con sus penetrantes
rayos calienta la soledad
y el agua derrama su
esencia de vida cual
sonriente vigor que penetra
la tierra sedienta de compañía
para embellecer con aroma
el ambiente natural de ensoñación.
Un canal de vida se abre paso,
chocando con la hojarasca deshecha,
una tierna hoja lucha oscilante
junto a sus amigas de faena que
envidiosas de tanta belleza tratan
de cerrar el camino victorioso
de la tierna vida que angustiada
aleja los obstáculos rocosos.
Los mil trozos de soledad
son las rocas humanas que
anhelan quebrar la embarcación
personal cual tempestad
en un mundo superficial donde
la apariencia arrulla la mar
con una voz melancólica
de incertidumbre y oscuridad.
¡Qué contaminado está el mundo!
¡Qué tristeza hay en la humanidad!
¡Naturaleza y silencio,
risas fingidas al atardecer!
La brisa bate iracunda las hojas
del desencanto humano que
extingue su verdor esperanza
de una vida, luz infinita
de la razón...
¡Qué tristeza hay en la humanidad!
¡Qué lejos está la razón!

Por Luis I. Rodríguez